Folla muy bien y no mires con quien – Por Machito “El machote”

Un mes más volvemos a reflexionar, ácidos como siempre y esta vez de la mano de un tema caliente como ninguno. ¡Bienvenidos a mi maravillosa feria sexual! Pero cotillas, antes de empezar es importante siempre el calentamiento.

Destaco al lector lo más importante antes de comenzar este texto: recuerda, véndete. Véndete bien. Como un objeto de muchísimo valor. Prepara tu speech y hazte un análisis DAFO si hace falta. Allá afuera sólo tendrás tus armas, y deberás saber usarlas muy bien si quieres venderte como oro blanco y no como bisutería del montón. Sé una buena presa.

Ahora conviene hablar de la importancia del escaparate: “¿Y dónde me vendo?”. Pues buena pregunta.  Lo que no se ve no existe, y en primera fila, más a mano, siempre debe estar aquello que queremos vender. Así, al final tiramos de lo fácil, de lo conocido, de nuestras ágoras modernas en las que habitar.

-“¿Ago…qué?”

-Ya. Ya me imagino.

Simplifiquemos entonces el viaje comenzado por Instagram, el ojito derecho de nuestra ciber-realidad y una de las puntas de lanza del feminismo comercial. ¿Lo que? Pues como sigue, ya veréis.

Aboguemos todos por un feminismo combativo en Instagram, eso sí, con buenos planos de culos y primerísimos primeros planos de tetas, ojo, siempre sugeridos y velados, que cada uno es libre de sexualizarse como quiere. Señores, la carne vende y tratar de cambiar las dinámicas de Instagram es nuestro David contra Goliat contemporáneo. Sexo. Y después toda una legión de betitas masturbadores pasando por caja pagando en el Onlyfans particular. ¡Gofres! ¡Gofres! ¡Compren más gofres! Y esto ya es un caos imposible de controlar.

En este escaparate sexual, se trata de enseñar bien el producto, ofreciendo carnaza de buena calidad y a buen precio.

Preguntan: “¿El cerebro a cuanto lo tiene esta semana?”.

Y respondo: “Na, ahí mejor no mirar, esta semana no me viene muy fresco y usted se puede intoxicar”.

Perdón por la interrupción, decía que en este nuestro mercado de bustos, digo de abastos, es fundamental darle salida al género porque si no se estropea: Un culo vende, y mi libertad sexual como mujer pasa por mostrar mis atributos hipersexualizados en primer plano para un público que va a alimentar mi ego para después alimentarse de mi cuerpo como producto. En esta transacción, todos ganan. ¿Te gusta algún otro producto de mi yo mismo como escaparate de consumo sexual?

A fin de cuentas, nadie quiere ser un incel distraído o un mapa de carreteras viejo y arrugado olvidado en soledad. Y para esto el lector tiene a mano el legendario Manual del ti@buenismo arcano, subido integro a Internet, y gracias al cual puede hacer aparecer culo donde no lo había, o aprender a mirar al horizonte con miopía para después volverse profundo e interesante.

¿Aquello es un coche o una moto? No lo sé.  Son, al final, una infinidad de trucos entre los que elegir, como son infinidad de polvos entre los que decidir, e infinidad de ¡Nop! ante los cuales huir. Tinder nos entrena el dedo corazón, así somos más ágiles descartando y luego practicando. Comprar, usar y tirar.

Llámalo consumo hiperacelerado: cuantos más orgasmos con cuantas más personas, mejor. “Pero oiga, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Y yo digo: “Lo siento caballero, no debió leer la letra pequeña antes de firmar: estaba todo en el contrato”. ¿Buscamos orgasmos simples a costa del otro como si de Satysfier humano se tratase, o buscamos algo más? ¿Debemos buscar algo más? Si es verdad que usamos al otro, ¿por qué no admitirlo libremente y sin recriminar?

Una vez dentro del juego, se repetirá el consabido mantra “La belleza está en el interior, maldito superficial”. Una y otra vez. Y otra. Y otra. El cuento de nunca acabar. Todo mientras pasamos las páginas de nuestro libro-Tinder particular y vemos como de la teoría a la práctica siempre hay “diferencias por obviar”: intensita extrovertida o divertida chica especial, eso casi que da igual.

Insisto: “Mi interior está muy bien siempre que lo hipersexualice yo misma en las fotos, y ya después utilice una excusa cualquiera como reclamo y titular”. Uy perdón, que me olvidaba de los pesaos de enfrente: y es que siempre una fotito sin camiseta viene bien, para después venderse como tipo seguro e intensito cultural. Porque se puede ser intelectual y subir postureo a Tinder o Instagram marcando bien de bíceps. ¿Qué problema hay con enseñar?

Así, dejando de lado los juegos y avanzando en nuestra historia particular, sucederá que, de pronto, un adorado e interesado comprador nos aparecerá. Recordad niños que seguimos a la intemperie y el escaparate lo acabamos de cerrar, por eso es muy importante acertar el tiro y no follar…

¡¿EHHH?!

¡No!

¡No!

¡Fallar, fallar! Quería decir fallar.

Cuidado: tomaros esto en serio no sea que espantemos ahora la prodigiosa oportunidad.

Así, tras el en tu casa o en la mía que marcó una generación, nosotros millenials de meme en una mano y GIF en la otra, acabaremos juntos en una habitación.

Una vez allí, tú te quitarás el sujetador y aquel lindo escote se transformará en un pecho bizco y caído, te tragará la tierra perdiendo 5 cm por el camino, y tu mirada sexi y gatuna se habrá transformado en un borrón que competirá con el Ecce homo de turno, tras el paso de las horas y del sudor por tu linda piel. Entonces aparecerá tu verdadera cara y no esa muñequita de labios rosados y contouring abundante que yo creía conocer.

El intelectual postureta o revolucionario, azote de las ideas y héroe de las masas, el cultureta que quedó de interesante delante tuyo y el cual hasta hace 5 minutos deseabas intensamente, se quedará sin ideas, se le secarán de golpe y aparecerá entonces el zote, por no decir burrito con orejas, que realmente habita este cuerpo.

Pero todavía peor: después me quitaré la  máscara de sensiblera y concienciada empatía, mostrando entonces el rostro de una dominancia ególatra y totalmente desinteresada de ti. Falsa modestia. Y si me puedo sentir mejor a tu costa,  ¿Por qué no hacerlo?

Así, decepción tras decepción: tras tu decepción, la mía. Y entonces, de repente daremos un paso de gigante.

Una vez hayamos constatado que somos un mal objeto de venta, un producto de consumo que se rebela contra la publicidad que lo promociona, nos veremos frente a frente, solos, apartados, confrontados en nuestra inmensa debilidad, encarando la fragilidad de vernos simplemente humanos, desnudos y sin más, luciendo esa extraña corporalidad y compartiendo un momento de absoluta indefensión unidos contra la realidad de afuera.

Será entonces cuando algo se habrá roto en nosotros y ya no valdremos nada, desvalidos, perdido todo el valor como objeto de consumo que nos dimos antes, desarrapados y despojados como prendas feas que nadie quiere.

A ojos del mercado de consumo seremos los restos, los tarados, sin ningún valor y tirados a la basura por nuestro envase roto. Y sin embargo, a ojos de nosotros mismos y del otro seremos durante unos momentos aquello más valioso que podremos ser jamás. En nuestro cuarto, en nuestra soledad, en nuestro ardor lascivo por devorar al otro y ser devorado a la vez, ya no habrá nada más: ni mundo, ni mercado, ni problemas. Sólo placer puro. Seremos absolutos, unidos, condensados y volcados con el placer. Seremos los primeros y únicos habitantes de nuestra particular intimidad, únicos unidos bajo las sábanas de nuestra realidad.

Ahora ya no buscaremos ni mentir ni enseñar, ni presumir o engañar. Como productos esta vez sólo podremos negociar con aquello que somos, con ese silencio erótico en tensión que brota de un cuerpo real marcado por el paso de los años y las heridas, por las cicatrices derivadas de la experiencia y las vivencias, y por su irreductible particularidad como individuo. Seremos un producto franco: más honesto, más directo, más simple y más barato. Pero ojo, abierto y expuesto, sin velar ni maquillar. Entonces sí que venderemos un producto de lujo, pues nos venderemos a nosotros mismos tal cual como somos: únicos, interesantes e irrepetibles. Absolutamente y totalmente distintos a cualquier otro, y sin embargo, con una hermosa complicidad entre los dos que nos envolverá en nuestra habitación. Entonces ya no serán necesarios ni sujetadores push-up ni actitudes de falso triunfador. Ya no.

Seremos cuerpos frágiles, con estrías y cicatrices, con pelo sucio y ojeras de cansancio; seremos esqueletos apasionados buscando un suspiro de placer, un respiro, un instante de calma en una existencia caótica, extraña, dañina y fugaz. Un impás de evasión perseguido por dos presas de algo distinto, algo superior que por un instante nos asfixie a ambos y nos desborde, nos llene y nos rompa todos los huesos para luego revivir a la vida con mayor intensidad. A fin de cuentas, seremos dos extraños contra el mundo, juntos, unidos por el placer y por la carne. Seremos Don Quijote loco buscando molinos que derribar, y Dorothy liderando el camino hacia su Oz particular.

Y tú, ¿que piensas?

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