Si eres de los que no tienen, a galeras a remar – Momo

“Es una lata el trabajar, todos los días te tenés que levantar…” 

Así cantaba Luis Aguilé allá por 1974, ataviado con sus habituales corbatas estampadas, dignas de cualquier fantasía (o pesadilla) kitsch, mientras relataba con ritmo propio uno de los mayores quebraderos de cabeza de esta parte del mundo que llaman avanzado: la jornada laboral. Aunque con sorna y humor, la canción dejaba claro que no era una parte precisamente agradable de la vida, sino que quedaba reducida a un fragmento tedioso, pero al mismo inevitable en nuestra existencia, a no ser que atraiga la vivienda disponible debajo del puente local. Y es que gran parte de nuestra etapa adulta (o no tan adulta) pivota necesariamente sobre ello: a qué dedicaremos nuestro tiempo, qué labor realizaremos, cuánto ganaremos, qué obtendremos a cambio, a quiénes beneficiaremos y qué nos quedará al final de todo. 

Con la ya más que manida ¿y tú qué quiere ser de mayor? muchos pretenden evaluar prácticamente desde la cuna las aspiraciones de grandeza o futuro de quienes apenas saben decir bien la hora. Poco a poco la escuela nos hace conscientes de lo que vendrá después: se nos ha de preparar para el cruento camino que espera incluso mucho antes de elaborar ese epitafio en vida que llamamos Curriculum Vitae. Han de hacer de nosotros ciudadanos de provecho; de quién, ya es otro asunto. Debemos escoger entre ciencias o letras, FP o universidad, opositar o ser emprendedores… para acabar en la misma realidad de 40 horas semanales dedicadas a una profesión que nos deje desarrollarnos y, de paso, nos permita una vida acorde a nuestras necesidades y expectativas. ¿Pero realmente es así?

La idea de conseguir un trabajo estable, bien pagado y que nos motive en el día a día, logrado mediante la consecución de un camino más o menos recto y sencillo, parece un sueño del siglo pasado, y realmente lo es ya en muchos casos. Mientras que hace no más de una o dos generaciones formarse aumentaba de manera directamente proporcional las posibilidades de conseguir trabajo, hoy en día estudiar o instruirse en según qué áreas o niveles académicos supone más un salto a lo desconocido y al mileurismo (con suerte), que a un buen trabajo que haga merecer la pena el esfuerzo invertido. Pero generación tras generación seguimos intentándolo, aunque no alcancemos aquello para lo que nos preparamos.

El desencanto sufrido estos últimos años de crisis económicas y sociales encadenadas han hecho al fin caer el velo que cubría la gran ilusión del brillante futuro al final del camino de baldosas amarillas de la excelencia educativa. Como ya exponía en uno de los primeros textos publicados en esta revista, no todo el mundo parte de la misma casilla en el tablero. No sólo por posibilidades económicas en este caso, sino porque cada cual tenemos distintas capacidades, gustos y destrezas para distintas tareas las cuáles se trabajan o se dejan en bruto. Eso que hoy en día al fin comienza a tenerse en cuenta con las inteligencias múltiples descritas en los programas educativos, pero que todavía no tiene un reflejo real en la mentalidad más extendida de una sociedad que aún considera que un enfermero es un hombre con escasa ambición y probablemente afeminado, en un sentido peyorativo, mientras que una mujer que aspire a la dirección de una gran empresa es lo más parecido a un tiburón blanco sobre dos patas. Esa sociedad. 

Volviendo al tajo, escojamos lo que escojamos, la realidad es que, en esencia, todos buscamos dormir tranquilos y en paz al final del día. Y es aquí donde radica la diferencia o el por qué escogemos un camino sobre otro: ¿es el dinero que nos permite alcanzar ciertas opciones lo que nos hace felices? ¿Es la posibilidad de dedicar nuestro tiempo a algo que nos enriquece personalmente? ¿Es sentirnos realizados sabiendo que nuestra labor repercute en una causa que creemos necesaria? Las posibilidades se sitúan entre estas vías, pero el resultado es tan variado como cada persona. 

Para bien y para mal, la deriva generalizada de las últimas décadas (¿quizá el poltergeist del capitalismo recorriendo el mundo?), ha ido dando mayor preponderancia a aquello que conlleva o bien un mayor esfuerzo en tiempo, inversión de estudios, etc. o a aquello que recoge más frutos. De nuevo, poderoso caballero es Don Dinero y poderoso valido el Prestigio Social. Seguimos en un mundo donde trabajos esenciales están mal pagados, mal mirados, mal considerados y son mal deseados. A lo mejor les falta la espectacularidad de la nomenclatura, tal vez carezcan del renombrede la titulación obtenida, pero es probable que nos hayamos detenido poco o nada a pensar en qué se vierte nuestro tiempo y esfuerzo y por qué se nos paga a cambio realmente. No olvidemos que todo esto no deja de ser un trueque en forma de papel de algodón tintado. 

Puede que no fuéramos tan libres como creíamos cuando escogimos qué camino íbamos a seguir. Quizá nos pesó el consejo de nuestros mayores, quizá nos pudo el saber que la colocación después de los estudios sería complicada, quizá decidimos ser valientes y apostar por un ideal de infancia sin la seguridad de que se cumpliese, quizá hemos conseguido liberarnos de cualquier prejuicio y miedo social y caminamos por el futuro sin una guía predeterminada pero con paso firme, quizá tomamos una vía más sencilla y segura porque queremos una vida plena más allá del trabajo y no nos gusta rompernos la cabeza más de lo necesario… Y al final ninguna de esas opciones es comparable con otra, ya que ninguna es correcta ni ninguna deja de serlo.

Ocho horas al día pueden suponer una vida entera y pueden compensar o no el resto del tiempo que nos resta en el día. El teletrabajo, la subida del precio de la vida, la precariedad laboral y la pandemia han podido ser alicientes para replantearnos qué merece la pena de todo ello. ¿Qué cara de nuestra vida se lleva una mayor atención? ¿Qué platillo de la balanza nos pesa más? En esencia, ¿qué queremos valer?

Notas:

Título del texto extraído de la canción Como un burro amarrado en la puerta del baile, del grupo El último de la fila.

Imágen-fotograma de la película Cabaret, durante la escena en la que se canta Money, money.

Y tú, ¿que piensas?

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