Compren ustedes mismos-Zule

El dinero me da igual, siempre que lo tenga, claro. Cuando no lo tengo, el dinero es un problema. Para mí la plata siempre ha sido algo utilitario, no un fin. Quiero tener dinero para poder comprar las cosas que necesito, para poder hacer las cosas que quiero: tener dinero para no tener problemas de dinero. 

Tener dinero es como tener tiempo, y siempre he sentido que este se me escapa, que no me cunde, que me faltan horas. Por eso, mi falta de dinero no es una falta de mansiones y cosas caras, es una falta de libertad, de capacidad de hacer lo que deseo, de sacar adelante mis proyectos vitales y artísticos. De tal manera, me importa el tiempo, el dinero me da igual. Y sin embargo, este párrafo deja claro que al final siempre tengo la dichosa palabrita en la boca.

Entonces es cuando alguien dice que bueno, que volvamos al trueque y nos quitemos esta incomodidad de en medio. Pero entonces es cuando pensamos que, ahora que la mayoría de la población no producimos trigo, ni harina, ni bienes de ningún tipo, sino principalmente servicios… ¿Cómo compensarían mi trabajo? Y sin compensación ¿Cómo podré subsistir? ¿Seré más o menos libre en un mundo sin dinero, ni recursos, ni modos de ganarse la vida?

Cuando falta pasta, hay quien dice que hay que imprimir más, como si por sí mismos los billetes tuvieran un valor mayor del que les damos. Siempre me pareció un modo negacionista de gestionar la desigualdad: en lugar de repartir los pocos juguetes que hay entre todos los niños, mejor compramos juguetes nuevos. Nadie se cuestiona qué pasará cuando no haya espacio para más juguetes: problemas del futuro Ted.

Esto, como sabemos, se debe a que el dinero ya no se respalda en nada físico. A finales del siglo XX, los bancos comenzaron a respaldar el papel moneda con sus libros de cuentas, donde este crecía sin freno, más allá de las limitadas reservas de oro, y por supuesto, del grano, el agua limpia, los prados, los bosques: el dinero nos da la subsistencia sin basarse en aquello que nos permite subsistir. 

Quizás de aquí algunos de los problemas de sordera de los que hablamos en nuestros textos de la Covid-19. En un mundo encerrado en sí mismo y en sus obsesiones, un mundo incapaz de asumir sus limitaciones, y de dejar de tirar balones fuera, para responsabilizarse de sus actos y sus errores (y no solo responsabilizar a otros, gobiernos, fascistas, rojos, hombres, negros o feministas); quizás el que el dinero (que todo lo mueve) se sustente solo en sí mismo es un error, igual que es un error tratar a todo el mundo como si fuese yo mismo o pensar solo en mi goce mientras los ancianos se mueren de Covid-19.

Ante tanta quimera encarnada en necesidad, después de la crisis del 2008, fuimos muchas las personas que decidimos que, para marcar nuestro futuro con las promesas inciertas del papel moneda, mejor era erigir futuro sobre el fantasma de nuestros sueños. Porque si bien era probable que acabásemos comiendo bota estofada, al menos lo habríamos pasado bien por el camino, y siempre quedaba la posibilidad de que remotamente nos acompañase la fortuna.

Renunciamos a los estudios del dinero (economía y ADE), a los estudios de la ley que defiende el dinero (derecho), a los estudios de las máquinas que construyen el dinero (ingenierías, informática). Todos los trabajos del éxito y el futuro fueron desechados. Estudiamos artes, humanidades, ciencias puras…. Y nos dieron por culo.

Hoy buscamos modos de integrarnos en el mercado laboral. Sobrevivimos con trabajos basura y con mucho apoyo de nuestros padres y abuelos. Eso nos pesa, nos hastía. Joder, tenemos veintitantos, una o varias carreras, masters, idiomas, experiencia en curros de mierda, y ninguna esperanza de emanciparnos, de dejar de vivir bajo el ala, cálida, aunque asfixiante, de esas familias que tanto nos cuidan, y a las que también tanto cuidamos.

Y aunque ya no negaré que las ciencias económicas y jurídicas, las ingenierías (y otros de estos oficios valorados por la sociedad aburguesada como útiles) dan más dinero y estabilidad, aún hoy no me arrepiento de nada. He sido feliz, hice lo que quería, y volvería a hacerlo, aunque siga viviendo en esta precariedad que, por otro lado, más allá de mis sueños, me ha acompañado siempre. No future, from ever, but more from now, en este mundo que, entre crisis y crisis, va directo al colapso. No, aunque no hayamos vivido una guerra, ninguna generación tenía tan malas expectativas de futuro: nosotros no es que no trabajemos, es que no nos dejan ningún trabajo.

Nuestra amiga Momo nos preguntó si creíamos que la gente estudiaba por dinero. Yo me reí. La mayoría de quienes publican en esta revista y todas las que escriben y han escrito en la espiral mensual somos el claro ejemplo de quienes no estudiaron por dinero: somos de artes y humanidades. Ahora, que nosotras seamos unas muertas de hambre no quiere decir que todo el mundo lo sea, pero siempre con el matiz castizo de los enchufes.

Ningún estudio ni trabajo duro asegura nada en un mundo en el que la demanda de personal cualificado es inferior a su producción anual. Cada fin de curso, miles de universitarios de todas las ramas se encaminan a las listas del paro, en una economía incapaz de absorberlos a todos para realizar las funciones en que se formaron. Y esto pasa incluso en derecho, economía, ingeniería, etc., no solo en las artes y las letras.

También hay humanistas y artistas que consiguen trabajos de lo nuestro; normalmente tienen apellidos, buena planta o algún parné promotor de sus grandes gracias y virtudes.

Por lo tanto, el dinero no es importante, no lo es para vivir. Uno puede hacer malabares y vivir de la basura. Uno puede mendigar. Se puede trabajar por tres euros la hora currando jornadas infinitas recogiendo mandarinas. O por el doble cuidando niños o vigilando piscinas. No, el dinero no es el problema.

Quizás el problema sean nuestros sueños, nuestras aspiraciones. Consejos vendo, para mí no tengo (ni quiero tenerlos), pero quizás el problema es que, bien educados en el egocentrismo neoliberal, nos creímos capaces de, sin nada, saltar por encima de los muros y las vallas, aspirar a los sueños, a la estabilidad, o a ser simplemente artistas malditos. Quizás el problema es que no asumimos que el dinero si importaba, no para ser feliz, sino para conseguir cumplir aquellas metas dignas y virtuosas que entendimos que nos darían la felicidad. 

Yo soy feliz, en mi precariedad a mi modo. Cada vez asumo más que no podré alcanzar todos los sueños, y me da más igual la idea de terminar viviendo de mula de carga, aunque con el estómago lleno. Pero quizás, al final, no es tanto que importase el dinero para nosotros, sino que al mundo le importe el dinero, que a nosotras nos sirve para aspirar a nuestros sueños, y que bombardeados por Disney y el neoliberalismo, nos sentimos con el derecho de soñar con ser dioses, cuando nacimos y vivimos como meras ratas, de alcantarilla, de campo o de biblioteca, pero al final ratas que comen, se drogan, follan, y tienen techo con el dinero de por medio, sea para acicalarse, alquilarse, embriagarse o alimentarse. 

Compren ustedes mismos.

Y tú, ¿que piensas?

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