Un motor precario – Zule

Pertenezco a uno de los gremios más lustrosos del siglo XXI, uno que, sin embargo, los padres no recomiendan estudiar a sus hijos (por la reducida e inestable empleabilidad). Es un sector altamente cualificado, en el que se requieren habilidades a caballo entre lo técnico y lo creativo. Y desde luego, es un oficio glamuroso cuando se desarrolla con éxito: respetado, reconocido y atractivo, a la vez que inestable, precario y exigente. Pertenezco al sector audiovisual.

Desde luego, existen muchos sectores mucho más precarizados. El servicio doméstico, la hostelería, el sector del ocio, la gestión de almacenes, el transporte, la agricultura, el comercial… Hay muchos sectores mucho menos reconocidos y probablemente más substanciales: trabajos imprescindibles para la subsistencia de la sociedad que están peor pagados (y en negro), con altas dosis de inestabilidad laboral y largas jornadas. Pero no quiero hablar de sectores que no conozco tan bien.

El sector audiovisual compone una de las industrias más amplias y pujantes de la etapa actual del capitalismo financiero. Al fin y al cabo, nosotros captamos y reproducimos belleza e información, y nuestro mundo contemporáneo no deja de vivir en torno a la imagen (y el sonido).

El capitalismo consigue que todo sea vendible. En la fase actual del capitalismo, donde el valor de cambio (que se sustenta en lo deseable de un producto: su imagen, su apariencia) se antepone al valor de uso (la calidad, la utilidad, la durabilidad) generar una  imagen linda y un discurso convincente que la sostenga es esencial para poder mantener las ventas: de cosas, de personas, de servicios, de discursos. Aquí se vende todo, y nuestro sector es capaz de hacer vendible cualquier cosa.

Por eso, nuestro sector es un soporte necesario para que el capitalismo funcione como funciona. Gracias a él, nuestras pantallas rebosan de contenidos audiovisuales que idealizan, representan, explican, entretienen y distorsionan el mundo. Marketing que vende el producto, televisión y radio que distribuyen el discurso, información documental que educa a la población, conciertos y festivales en los que quemar la rutina, ficción y videojuegos que entretienen y hacen llevadera la precariedad. Somos la herramienta que el capitalismo emplea para mantener y manipular la hegemonía y las contra-hegemonías, el maquillaje que disimula la cara de bruja de un sistema que vuelca en nuestro sector todas sus contradicciones.

Porque este papel angular no hace que tengamos dinero, ni siquiera que tengamos trabajo. El nepotismo es uno de los grandes males de un sector en el que los contactos y la fama son más importantes que la habilidad a la hora de conseguir un trabajo. Las grandes academias son privadas, y la formación no es necesariamente mejor porque tengan mejores materiales o profesores famosos (que los tienen) sino porque facilitan (aunque tampoco aseguran) conseguir los contactos necesarios para desarrollar una carrera profesional estable.

Cada año, en la ciudad de Madrid, cientos y cientos de jóvenes salen al mercado laboral de un sector incapaz de absorberlos a todos. Acaban de hacer prácticas en empresas que les enseñaran a trabajar sin ofrecerles trabajo. Las plantillas están llenas, y los pocos huecos de que disponen se rellenan dos veces al año con nuevas tandas de becarios que sacarán trabajo gratis durante tres meses.

Cuando acaban los tres meses, uno o dos de esos jóvenes profesionales se quedarán en la empresa. Pero lo harán solo hasta que llegue la nueva remesa de estudiantes en prácticas. Hay empresas que sobreviven a base de tener la mayor parte de su mano de obra gratis, con estudiantes en prácticas que no solo no cobran, sino que (en ciertos momentos) incluso les han generado el beneficio doble de sacar trabajo y bonificarles con una cuota que paga el Estado para animar a los empresarios a demandar trabajo gratis.

El trabajo gratis es uno de los grandes males de nuestro sector (también el curro en negro).  Por algún motivo, se entiende que nuestro trabajo vale poco. El hecho de que todo el mundo pueda producir contenidos amateur, gracias a los móviles y los software que hacen microvideos sin esfuerzo (gracias a algoritmos) hacen que parezca que un trabajo profesional no vale nada. Por eso se nos piden favores: hazme unas fotos gratis, te pago la comida por hacerme el vídeo, y si quedamos un día y me haces un videoclip, trabaja gratis para mí corto; sé profesional por amor al arte.

Poco a poco, aumenta la conciencia social de lo que somos y lo que sabemos, pero poco se sabe de qué editar un vídeo, por breve que sea, implica al menos 24 horas de trabajo, y se están pagando a unos 100-120€ por pieza. Son menos de 5 euros la hora por un trabajo que requiere grandes inversiones de tiempo y dinero en material y formación.

Aprender a iluminar, a operar cámaras, programas, equipos, microfonear… todo ello son muchas horas de formación. Y nuestra formación incluye un poco de todo. Somos técnicos, y aunque no seamos científicos ni ingenieros, trabajamos con la física y la tecnología a diario: electricidad, electrónica, informática, óptica, acústica… Al mismo tiempo, hemos de saber de arte y humanidades, de periodismo, de política, de información. Trabajamos difundiendo información con gusto estético. En otras palabras: tenemos que saber de todo, saberlo con gusto y a la vez tener buena mano.

Todo esto requiere tiempo, rodaje, formación.  Concretaré en mí mismo (perdonen el ego) para ejemplificar la situación. Solo en lo relativo directamente al sector, a mis espaldas tengo dos ciclos superiores, cinco cursos de especialización de unas 600 horas cada uno y mucha, pero mucha, experiencia en bolos, cortos, teatro, reportajes, televisión, radio; en diversos puestos y oficios. Hablo de que en trabajo realizado cuento con una experiencia cercana a los tres años, la mayoría en prácticas, en negro o por amor al arte; es decir, que no es valorada como laboral. Pero aún no he cobrado como Dios manda por mí trabajo como técnico audiovisual, y no soy una excepción.

La estabilidad del sector históricamente ha estado en las televisiones. A día de hoy, la crisis del streaming (YouTube) las está dejando obsoletas, y cada vez requieren menos personal  Donde hay dinero se tiende poco a poco a robotizar parte de los procesos (eso es comprensible), pero dónde no lo hay se tiende a hacer a los trabajadores diversificarse, exigiéndoles ejercer a la vez diversos puestos de trabajo de distintos oficios (por ejemplo, sonido y luces). Donde antes los equipos de directo eran de cuatro personas (dos de sonido y dos de luces) hoy tiende a haber una, para abaratar costes.

Las otras alternativas de trabajo para quienes no tienen los contactos que requieren el cine y la publicidad siempre han sido los bolos, los espectáculos. Esto implica currar en shows, discotecas, broadcast y vídeo corporativo, lugares donde no se tienen jornadas de 40 horas semanales: tanto si trabajas para un espacio como si lo haces para un evento, solamente trabajas las horas que necesita el show, y ello no siempre deja un buen sueldo ni una buena cotización.

Es por eso por lo que el cobro del paro es complicado, dado que ni todas las semanas ni todos los meses se cotiza. Tenemos un trabajo, especialmente en el sector del espectáculo y el directo, altamente estacional: casi parado en invierno, sin descanso en verano. Ahora, por la Covid, somos un sector silencioso. Nosotros no es que hayamos reducido nuestro aforo: llevamos un año sin trabajar apenas (salvo quienes curran para vídeo y para información) y no hay grandes manifestaciones ni protestas.

Y es que uno de los problemas del sector es la complicada actividad sindical, cuyo problema último radica en que la mayoría no somos trabajadores por cuenta ajena convencionales. La mayor parte del sector es autónomo, y si bien muchos lo son por cuenta propia (como dueños de pequeñas productoras o técnicos de renombre), la mayoría lo son por cuenta ajena.

Somos autónomos, aunque habitualmente trabajemos sacando encargos para una sola empresa (o unas pocas). Normalmente no estamos en nómina y nos cubrimos nuestra propia seguridad social y pagando la cuota de autónomos. Claro que hay nombres destacados que funcionan por si mismos como empresa, pero son minoría absoluta, y de hecho, ellos normalmente se convierten en empleadores de otros trabajadores autónomos que les asisten como ayudantes. Es por esto por lo que no hay grandes sindicatos en el sentido convencional. Nuestros sindicatos son asociaciones de profesionales, en las que conviven patronal y trabajadores. Por ello, es imposible sacar adelante una verdadera labor sindical, y quizás debiéramos empezar por aquí.

Y es que tenemos motivos para movilizarnos. El sector lleva parado un años. Cuando se reponga, nada indica que no volvamos a lo de siempre: inestabilidad, sobrecarga de funciones, horas extras impagadas, desvalorización, abuso del trabajo becario, problemas en la cotización y para conseguir pensiones dignas, el trabajo en negro, los bajos sueldos (sobre todo en pequeños locales, eventos y bolos), que la prestación por desempleo sea una ausencia notable, al igual que la esperanza de una buena jubilación… larga lista.

Por eso no diré que somos los que peor estamos, pero sí que estamos jodidos. Cómo el obrero industrial del siglo XIX, en nuestro sector se combinan muchas de las mayores fallas (y virtudes) del sistema capitalista contemporáneo. En una etapa hiper-informada e hiper-tecnológica, desplegamos ambas virtudes, que son cárcel. Sostenemos el principal valor de cambio de nuestro presente (hoy la imagen y no el bien industrial).

Los problemas de inestabilidad laboral y precarización son substanciales a nuestro medio, que además solo es reconocido en sus versiones brillantes y aburguesadas. Se usa el ejemplo de una minoría para decir que no estamos tan mal, obviando el nepotismo y la oligarquía que marca un muro entre ellos y los curritos (que también son artistas, pero no tienen dinero para hacer sus proyectos y sacan adelante los de otros).

Y como guinda del pastel: no hacemos nada. No tenemos conciencia colectiva, y nos vemos fragmentados en la imposibilidad de reivindicar nuestros derechos, porque estamos más preocupados por mantener el trabajo que por mejorar nuestras condiciones laborales.

Y sin embargo, nuestro trabajo, que ha sido ninguneado por siglos (por lo menos desde que Platón echó a los poetas de la polis) ha sido el ancla a la cordura lo que ha mantenido a las personas durante el gran confinamiento. No somos esenciales para la vida misma, pero sí lo somos para la vida contemporánea. Porque donde aparece la cara fea del mundo, somos quienes ponen, con películas, canciones, programas o videojuegos una cara distinta, que nos haga el mundo más llevadero.

De tal manera, hay un problema substancial al capitalismo contemporáneo, y es la precariedad, y se repite en todos los sectores que son esenciales para su subsistencia pero indeseables para parte de su moral burguesa: el trabajo manual, el de los cuidados, el arte o el de la agricultura. Quizás la Covid deba hacernos ver qué hay un fantasma recorriendo el mundo: el fantasma del sindicalismo precariado.

Y tú, ¿que piensas?

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