Llámame rata o el éxito de Glovo -La Derramá

Meme de @nauraceleradisima // Instagram

Voy a retratarme desde el principio, porque me apetece empezar con una plegaria:

Dios te salve, Renta Básica Universal.

Hace poco más de un año, en una ciudad mucho más grande que esta y por una serie de catastróficas desdichas, acabé con el mando del televisor de mi compañero de trabajo en la mochila. Al rato de llegar él a su casa y yo a la mía, me escribe un Whatsapp diciéndome que se había olvidado de pedirme el mando, y que va a enviar un Glovo a recogerlo. Yo flipé un poco.

No fue, al menos en un primer momento, una flipada enjuiciadora, sino la que va antes: flipar momentáneamente de purita sorpresa, de que te presenten con total naturalidad algo que nunca se te habría ocurrido. A los diez minutos y con cierto malestar interno de herencia moralista, bajé al portal a darle a un chico con granos en la cara el mando que venía a recoger.

A las semanas de esto volví a casa (la de mamá y papá, desde la que también escribo ahora) a pasar unos días, y acompañé a mi padre en su compra de 1 ó 2 pares de pantalones una vez cada 3 años. Lo que voy a confrontar a partir de esta excusa trata de modos de percibir la existencia. Modos que abarcan elementos que van mucho más allá del reaccionario y simplista recurso de que los de antes eran mejores que los de ahora. Pero como este texto lo escribo yo, y yo quiero hablar de cosas que han cambiado y, por lo tanto, tengo que hablar del paso del tiempo, voy a usar esta anécdota de corte generacional como pie. Aunque anticipo que lo que voy a tratar es por qué, frente a un reconocimiento más o menos general de que las condiciones laborales de empresas como Glovo son una promesa de explotación laboral, seguimos consumiéndolas como locxs. Ya lo siento por quien esperase una apología de la moral boomer: este no es vuestro texto, pasaros a El País Semanal.

La cosa es que, volviendo de la tienda de pantalones, pienso en el cambio a la hora de entender el consumo desde un momento fordista hasta uno posfordista —estos términos se refieren a formas de producir, pero creo que también se hacen eco de otras mutaciones— que expongo en el meme de Cheems, y en cómo dicho cambio se ha vuelto parte constituyente de nuestra forma de mirar. De entendernos nosotrxs mismxs en el mundo. De pensar la existencia y lo que es, al fin y al cabo, ir por la vida(1).. Me voy a centrar en un rasgo de esta percepción posfordista: la legitimación y blindaje de todo acto de consumo. O sea: consumir lo que quiera, cuando quiera y pasando por encima de quien sea necesario es lícito.

Meme de @laderramada

¿Cómo se consigue esto? Bombardeando con un discurso que ensalza y diviniza la satisfacción inmediata del deseo (si tienes dinero, claro), como anuncios que me sugieren que el que me apetezca algo ahora es suficiente para consumir el servicio de un rider, por ejemplo. Esto no es nuevo: la estrategia de que las emociones guíen el consumo para no pararnos a pensar qué comprar ni por qué es uno de los mantras de la publicidad desde el siglo XX(2).

¿Y cómo terminar de blindar esta argumentación para que parezca perfecta? Si ya tenemos la justificación a favor, ahora hay que protegerse de la crítica, lo cual se consigue ridiculizándola para que se perciba como algo irracional. Para ello nos escudaremos, repitiendo mucho y muy fuerte, el concepto más simplistamente idealizado y menos críticamente definido (o sea, el más manipulado) de moda en Occidente: la libertad. Listo: criticar o proponer límites a cualquier acto de consumo es limitar la sagrada libertad de los individuos, (los individuos con dinero, claro).

Imagen extraída del documental “Century of the self” de Adam Curtis // YouTube

Pues con los riders es lo mismo. En mi experiencia, me topo con una serie de actitudes que se repiten entre la gente que alguna vez ha consumido el servicio de un rider.

1. Pedir sin ningún tipo de conflicto que aflore. Esta se desglosa en dos vertientes, y voy a ser simplista e injusta porque me apetece: los malos y los buenos.

a. Los malos: Hay conexión explícita con una ideología, concretamente con un neoliberalismo a full. “El consumo mueve el mundo y si no estás listo para subirte al carro y espabilar eres una perdedora, pequeña”, te dice mientras comparte en sus RRSS la foto del repartidor de Glovo estudiando en una esquina entre pedido y pedido diciendo “un aplauso por este chaval, eso sí es espíritu de lucha y no quemar contenedores” cuando no ha necesitado ni necesitará ponerse a repartir en la vida.

b. Los buenos: No hay conexión ideológica explícita o consciente, el del mando de la tele estaba aquí. No percibió en mis silencios que me había chocado que mandara a un Glovo. Era lo más normal del mundo. Es un servicio y si tengo dinero y quiero consumirlo no hay problema en consumirlo.

Rider de Glovo // LinkedIn

2. Justificaciones: aquí también hay dos que se mezclan mucho todo el rato y salen mil variantes con matices entre ellas.

a. Los del parche: “necesitan el trabajo, así que es mejor que tengan pedidos y al menos ganan algo”. El consumo está justificado por el modo de vida que la rueda capitalista acarrea. En la mayor parte de los casos, esta actitud se sostiene por gente que reconoce que estos empleos son precarios y aumentan la desigualdad pero, aunque “a largo plazo es peor, es lo que hay”. El parche de toda la vida.

b. Los de la culpa al 50%: no suelen pedir porque les parece mal y no quieren contribuir a esas formas de empleo, pero si les das dos argumentos o dos chupitos lo hacen sin drama. Piden más a JustEat que les da menos cargo de conciencia.

3. Los de la culpa al 90%: no piden nunca o, si lo han hecho, han sido parte pasiva de algún pedido esporádico. Se parecen a los anteriores, pero con más daddy issues en el área de la moral y el deber. Esto les ha obligado a tener unas convicciones heredadas más o menos trabajadas para poder agradar al boomer de turno y que hoy, para su suerte o desgracia, forman parte de su identidad.

Pero, si nos fijamos, todas estas actitudes parten de un día a día en el que el consumo conforma nuestro horizonte vital, desapareciendo como la opción estándar, aunque siga presente, ir a recoger la comida o venir a casa por el mando de la televisión. Al menos a mí, en la gran mayoría de espacios en los que me he relacionado, me resulta complicado imaginar situaciones en que estas opciones volviesen a ser habituales, aunque sean espacios en los que todxs coincidamos en que Glovo es sinónimo de explotación. Y parte de lo que ocurre es que, al final, lo que parece difícil es plantear consumir menos sin que te miren raro o te llamen rata (o, de nuevo, piensen que no tienes un duro, ¿se ve aquí también cierto patrón?). 

Meme de @lapicarajustina // Instagram

No estoy hablando más que de la constatación del consumo, no ya como parte de la realidad, sino como forma in crescendo de situarse unx en la vida: como el área que la articula hasta el punto de poder crear un negocio que se pasa ipor el forro cualquier supuesto derecho laboral y triunfar. Porque el cuento de los derechos laborales de los riders va en contra del derecho a consumir como yo quiera, cuando yo quiera y de forma incuestionable, porque eso sería cuestionar mi libertad.

Es igual, la cosa es que yo venía a hablar de precariedad y he acabado ratificando la necesidad de desvincular el trabajo de la vida ante una forma de entender la existencia que prioriza consumir a cualquier otra cosa, incluida la forma en que se dé ese trabajo, y que va ganando, además, en presencia y legitimación. Pero para eso primero habría que deconstruir un dogma muy del fordismo que aún aparece de vez en cuando: que el trabajo dignifica.*

No sé si me explico.

Amén.


Notas

(1) Para más trasfondo sobre esto ver “La nueva razón del mundo” (Laval & Dardot, 2013) para una perspectiva amplia y global, o “24/7” (Crary, 2013) para algunos aspectos concretos.

(2) Para ver diversas dinámicas en las que esto se asienta, ir a la serie de documentales “The Century of the self”, de Adam Curtis, gratis en YouTube.

Y tú, ¿que piensas?

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