Cansancio generacional – Zule

«A veces llega un momento en que te haces viejo de repente, sin arrugas en la frente, pero con ganas de morir. Paseando por las calles, todo tiene igual color, siento que algo echo en falta, no sé si será el amor»

 La Senda del Tiempo

de Celtas Cortos

Aún recuerdo aquella energía del 15-M, con los rayos del sol de mayo nutriendo nuestras esperanzas adolescentes de cambiar el mundo y crear algo nuevo. «¡Indignaos!», nos dijeron lxs a niñxs de la guerra, abuelos y abuelas que habían vivido el silencio, la picana y la represión franquistas en su infancia y su adultez, y que no daban crédito al mudismo que la juventud tenía ante la Gran Recesión del 2008.

Reconoceré que yo no estuve como querría en aquellas protestas. Me había roto el ligamento cruzado en un campeonato estatal de judo: el mismo día en que todas esas personas a las que la política siempre les había dado oficialmente igual, yo estaba con muletas. Aunque fui un lactante en las manifestaciones (educado en el antifascismo, el socialismo y la acracia) no pude estar al pie del cañón, como me demandaban mis 16 años de juventud, en aquello que a quince de mayo del dos mil diez, era una utopía realizable.

Esto es solo anécdota.

Ante la falta de futuro, que hoy ya es falta de presente; por encima de las diferencias, la gente se unió para salir a las calles y tomarlas diciendo consensuadamente, BASTA. No romantizo unas protestas de las que hay rumores de que fueron usadas por la derecha de la Gürtel para tomar el gobierno. Si lo mejor que nos han dado es el gobierno de coalición, vuelvo a decir aquello de que no, que no, que no nos representan.

La realidad es que pensé que mi generación sería una lluvia fresca y tropical en la árida estepa castellana. Una brisa veraniega en los Paisos Catalans, Euskal Herria, Galicia, y Andalucía, en todos los pueblos, incluso el castellano, unidos por la opresión borbónica, y la franquista, y por el amor a la siesta, la gente y la comida, que solo es fe en la fiesta y la diversidad de las costumbres.

Pensaba que teníamos las ganas y la fuerza de hacer una utopía, de superar el paro, y los desahucios, y el exilio, y todas las cosas que no solo anulaban nuestros proyectos de vida, sino que nos dejaban sin más presente que la esclavitud moderna de quién consume bazofia y produce mierda. 

Creí que cambiaríamos los pilares de las relaciones. Que las mujeres serian libres de los hombres, y que los hombres serían tan libres de sí mismos como todos los negros de todos los blancos. Creí que la transexualidad sería entendida, y que la gente comprendería que las gónadas no definen lo bueno ni lo malo que eres. Que la realidad dejaría de dividirse en esos rasgos buenos o malos, que, al fin y al cabo, son sonidos para decir lo que me gusta y quiero cerca y lo que no me gusta y quiero lejos, deseos que dependen de mis fetiches personales. Creí que la sociedad empezaría a entender que somos diferentes, y que nada, nada de nada, nos hace más iguales que la enorme lista de nuestras enormes diferencias.

Por entonces, yo creía que, en el fondo, los sin futuro estábamos todos en la misma mierda, y que lo único malo era el fascismo, que era aquello que nos hacía creer que sí que había cosas malas y buenas (más allá de nuestros gustos) y que lo bueno era mi culo, y lo malo, el del resto. Y por eso de creer en la humanidad, creía que, ya que nos habíamos criado con personas de todos los colores, idiomas, creencias y procedencias, sabríamos convivir con las personas, aceptando que eran tan distintas a mí como yo a ellas, entendiendo que estábamos en este mismo barco, que se hundía poco a poco en el agua hirviendo de un mundo con fiebre. 

Viví aquello del trabajo gratis y de las prácticas: aquello de que porque te explotan aprendes, y porque aprendes te explotan lo que diga el convenio; la palabra de un Dios, al fin y al cabo. Sufrí aquello de la cola del paro, y de que te seguías formando, porque total, no había trabajo. Incluso cuando lo había, solamente era chatarra a precio de vertedero, daba para tomar unas cañas y nunca para soñar con tener casa, porque eso es algo reservado a los pocos dioses que pueden vivir por encima del precio del suelo.

Me pegué, eso sí, una fiesta de vida, y disfruté de mi pena todo lo que pude. Sí podía viajar una vez al año, lo hacía, y hacía en otro sitio lo que hacía de costumbre: beber como un canalla hasta que sonaba el gallo. Y por eso, por vivir, hice sitio para amar, y gocé la felicidad de creer y confiar en alguien, y el infierno de sufrir que a veces no sabían amarme como a mí me gustaba, y otras fui yo quien no supo amar como otras necesitaban. Así, parejas, amigos, conocidos, entornos, fueron quedando en el camino, y ¿cuántos más van a quedar?

Entre infiernos, cielos y purgatorios, me cagué en mí, en la sociedad, en mi vida y en mis traumas, y solo encontré como respuesta final a todos mis problemas, el defecto palpable de ser una mota de polvo moviéndose en el Kaos, y al mismo tiempo un Kaos con forma de mota de polvo. Sí: comprendí que no solo es que yo estuviese loco, ni que el mundo estaba loco, sino que vivía en el más absoluto caos, y que quienes realmente estaban locxs, eran quienes querían poner orden, con categorías morales, políticas, estéticas u ontológicas.

Sentí por eso el dolor de todos aquellos pasados despreciables, donde sufría por el caos que causaba o me causaban. Pero también sentí las fuerzas para querer ver todos esos nuevos futuros a los que aún podía aprender a aspirar y que, ya fuesen por su caos o por su orden, eran lugares de esperanza. Por eso, intenté deshacerme de todas esas ordenadas verdades aprendidas en Disney y en los Simpson (y en el punk, y en las noticias, y en la abuela y en los colegas). Quise contaminar menos, y me negué por un tiempo a conducir un coche o coger un avión, y como herencia de todo eso, sigo sin comer carne, y siempre que puedo, reciclo: a veces plástico, otras mi cabeza. 

Pero ahora, sin llegar a los treinta años, estoy cansado. Como dicen los Celtas Cortos, me he hecho viejo de repente. Dirán que es por la Covid, pero creo que es algo que venía cocinándose hace tiempo: la falta de trabajo, el precio del alquiler, los curros chatarra, el neocolonialismo económico de la Unión Europea, la represión policial selectiva, la crispación política, la falta de esperanzas de futuro y de presente. Pero todo eso ya lo teníamos cuando marchamos por la dignidad o rodeamos el congreso, y no fue un motivo para dejar de soñar, de aspirar, de unir nuestras manos diversas en busca de un futuro común.

Es entonces cuando pienso en el diagnóstico de La Senda del Tiempo: no sé si será el amor. Y creo que el problema es que, en algún momento de este proceso, dejamos de amar, y de querernos libres y diferentes, para simplemente querer que los demás fuesen reflejo de nosotrxs, sobre todo de nuestra infelicidad. Es como le ocurre al villano de la película Múltiple: solo los que sufren son puros, por tanto, he de hacer sufrir a quienes son impuros. Solo que el matiz es que el único sufrimiento puro es el mío, y el resto deben de sufrir lo mismo que yo. Es una especie de fascismo sadomasoquista, egocentrista y sociopata.

Es desde este subconsciente desde el que entiendo la desunión que se ha apoderado de nosotras: de todas esas personas que salieron a las calles en aquel lejano 15 de mayo, a gritar que no hay pan pa’ tanto chorizo. La alegría de la unidad, del amor y la esperanza, se ha ido convirtiendo, en poco más de diez años, en odio puro: un odio reflejado contra todo lo diferente, aunque, al mismo tiempo, un odio fundamentado en reivindicar la diferencia: del español, del migrante, del hombre, de la mujer, del gay y del homo, del cis y del trans, del negro, del blanco, del indio, del rico y del pobre.

Llevamos diez años hablando de diferencias, pero no con el tono que sugerí antes, de ser iguales en nuestra diferencia, sino en el tono confrontativo y agresivo de mí culo es bueno  y los otros son malos. Mis diferencias son singulares, únicas y respetables (y normalmente las acompaño de una legitimación histórica que alude a que soy digno por ser de los ilustres vencedores o, como en Múltiple, que soy digno por ser de los sufrientes vencidos). Llevamos diez años reclamando empatía para nosotrxs, sin ofrecérsela al resto de personas diferentes. Llevamos diez años siendo incapaces de amar, reclamando amor mientras ofrecemos un amar egoísta, que solo satisface nuestros intereses.

Ahora, como viejos divorciados, hemos perdido toda esperanza de amar y ser amadxs. Ya no creemos en la posibilidad de volver a soñar con unirnos todos, porque lo único que vemos es odio, y caos, y destrucción. Ya no vemos amigos en un barco de mierda; vemos mierdas que hacen que el barco sea una mierda, lxs únicxs limpixs somos nosotrxs, que con nuestro mocho desinfectante purgaremos el mundo de mierdas extrañas, para que únicamente quede nuestro culo limpito sobre el váter.

Quemadxs por la incapacidad de limpiar todo lo que querríamos, asqueadxs de ver como el barco se hunde repleto de mierda, escondiendo las heces que sabemos que son nuestras (para ver si así se vuelve sostenible nuestro discurso), creemos que el mundo es frio, inhóspito, egoísta e hipócrita. Vivimos un cansancio, una náusea, una ausencia de esperanza, un estrés de constantemente hacer cosas que sabemos que no nos darán futuro, pero por las que apostamos para hacer como sí las cosas no fueran mal.

Sin llegar a los treinta, hemos envejecido. Casi parece que esperamos la tumba, rodeadxs de fantasmas, sueños rotos y huertos marchitos. Aunque lo hagamos sonriendo, cuando podemos o nos dejan, buscamos sin esperanza estrellas que aún tengan esplendor y nos recuerden cómo íbamos a hacer del mundo un lugar mejor. Porque sabemos más que nunca que vamos a hacer historia, pero la desgracia está en que el mundo que nos queda está peor que el que soñamos, e incluso peor que aquel que nos dieron.

Y aunque suene idealista, y en parte lo sea, porque al final el pan se hace con sudor y con esfuerzo, no con amor ni palabras bonitas, la realidad es que en buena medida hemos envejecido por falta de amor y exceso de odio. Esta es nuestra senda del tiempo, la de los derrotados, como Don Quijote, por luchar con gigantes que al final fueron molinos, con espadas que al final se volvieron en contra nuestra. Sin embargo, quizá, sí podemos levantarnos y olvidar todo lo diferentes que somos, podamos ver que somos iguales en nuestra diferencia, y que si bien no podremos dejar erguido el mundo de nuestros sueños, sí que podemos vivir en uno más amable, donde el odio no sea el motor de nuestras voces, y el amor nos permita, al menos, respetarnos.

Y tú, ¿que piensas?

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