Revolutionary Road, o las segundas partes de Titanic- Zule

Pocas personas saben que Titanic tiene una segunda parte. No está dirigida por James Cameron, sino por Sam Mendes. Tampoco gira en torno a un barco, sino que se desarrolla en una casa de un barrio de clase media norteamericano, cerca de Nueva York. La época no es la misma, sino que transcurre cuarenta años después, en los 50. Realmente, lo único que tienen ambas películas en común es que ambas las protagoniza una pareja de personajes interpretada por Leonardo DiCaprio y Kate Winslet.

Esta simple coincidencia podría parecer poca cosa para la comparativa con la que juego. Pero el drama romántico de esta película parece la continuación perfecta de la aventura amorosa que Jack y Rose habrían vivido unos años después de enamorarse en el barco, si este no se hubiese hundido o si ella hubiese encontrado más sitio en aquel cacho de madera que congelaría su amor para siempre.

La película se llama Revolutionary Road, que es el nombre de la calle en la que viven sus protagonistas, Frank y April. Para sus conocidos son la pareja perfecta. Divertidos, inteligentes, amables, buenos vecinos, padres de una linda pareja de niños. Él trabaja vendiendo máquinas en una empresa neoyorquina; ella se dedica al hogar, “sus labores” que se decía entonces.

Antes de eso, ella estudió arte dramático, pero su carrera de actriz no prosperó, y se acabó dedicando a lo que nunca había sido una prioridad: la casa y la crianza. Él es un veterano de la Segunda Guerra Mundial que nunca ha sabido cuál era su sueño, pero que aún así se presenta al mundo como un soñador. Al final termina trabajando en el siempre detestado trabajo de su padre, y sueña con irse a París para cumplir ese sueño que nadie sabe cual es.

La oficina y el hogar les ofrecen una vida monótona y aburrida, “irremediablemente vacía”, dirá Frank. Sus sueños yacen bajo un embarazo no deseado llevado adelante y la subsiguiente obligación de buscar una vida estable y confortable, aunque insuficiente para ellos.

La desilusión, la desesperanza, la insatisfacción, se extinguen cuando April, en el 30 cumpleaños de Frank, le propone cambiar de vida. Lo dejarán todo, y se irán a Paris, donde Frank dijo siempre que la gente sabía vivir mejor, según había visto en su liberación de la ciudad. Tienen ahorros, y ella trabajará como secretaria en algún organismo oficial, porque “no sabéis lo bien que pagan en Europa a las secretarías”, incluso aunque no sepan nada de francés. Pagaban lo suficiente para que Frank se dedicase a no hacer nada: solo buscar ese sueño, eso que quiere ser, eso que le hace el ser más especial del mundo, según la propia April.

Todo es felicidad, pero a Frank le cae la desgracia de hacer tan bien su trabajo que le ofrecen un curro de estos de casi ejecutivo, con muchas pelas en la chequera. La guita le hace darse cuenta de lo que quiere ser: ganador de dinero. Ya no importa que el dinero sostenga una vida vacía, o que él no sepa lo que es. No importa que sea un soñador sin sueños, ni aspiraciones, una persona corriente, aburrida y poco interesante. Pero, dado que ninguno de los dos puede reconocer esto, la excusa para quedarse en EEUU con el buen trabajo es que April se queda preñada. En Francia no pueden nacer los niños, y el dinero les ayudará a tapar su cobardía.

El único que habla claro en la película es el hijo de los vecinos, un matemático loco que dice las cosas bien clarito. De vez en cuando, sus padres le sacan del psiquiátrico para hablar con la pareja de jóvenes, porque los padres no le siguen el ritmo, pero ellos quizás puedan. Al principio ambos le caen bien. Se atreven a pensar de otra forma, tienen sueños, y no se conforman con la apacible mediocridad. La locura consiste en no ser mediocre, en salir de los esquemas de la sociedad para intentar vivir de forma distinta. Pues bien, esta pareja quiere ir de loca, pero está muy cuerda.

Su incapacidad de tirar para adelante con el tema de vivir en París saca a la luz lo disfuncional de su relación. Por un lado, los roles de género están terriblemente marcados. Por otro, su falta de comunicación es acuciante. Él solo quiere hablar todo el rato para que le den la razón. Ella no quiere aceptar la realidad que tiene, pero ante la impotencia, más bien calla.

Se suceden los cuernos, las discusiones. Todo el amor se va extinguiendo, hasta convertirse en odio. No desvelaré el final de la película, pero las cosas acaban mal. Aunque he destripado buena parte, las discusiones de la pareja merecen un reconocimiento. La interpretación de ambos es brutal: sus modos de jugar sus roles, sus modos de luchar contra sus impulsos y sus modos de dejarlos correr, en un abanico de gritos, roces y cristales rotos. Inquietante, pero maravilloso, digno de verse; y el desenlace es relativamente sorpresivo y no vale menos.

Y he aquí a donde viene Titanic. En cierto momento, April le dice a Frank: “solo eres un crío que me hizo reír una noche en una fiesta”. Maravilloso. Creo que la tierra está superpoblada gracias a esos críos y crías que nos hacen reír en una fiesta. Esa risa es tan intensa, tan hermosa, que queremos más. Aguantamos los malos baches para conseguir esa risa original, que no siempre se repite igual de fresca, pero che, hay que intentarlo.

Y para asegurarla, nos metemos en un río, luego en otro… la parejita, la casa, el perro, el coche: el pack completo. Las relaciones tóxicas no se basan en compartir proyectos de vida, ni en compatibilidades de convivencia. No se basan en la amistad. Las relaciones tóxicas se basan en esa sonrisa. Por eso no las reconocemos, porque la toxicidad se viste de risas.

Yo he tenido muchas relaciones tóxicas. Con el tiempo, creo que en  algunas ocasiones yo fui el tóxico, y que en otras tantas lo fue ella. Me parece que generalmente, estas relaciones tóxicas se enmarcan en ese juego con el sonreír y no sonreír, la pataleta de que no me haces sonreír como quiero o cuando quiero, la disculpa de sonreír cuando me lo demandas. Un marcador, un tira y aflojar, un plan de remodelación sustentado en una sonrisa.

Como todo se basa en las sonrisas, su carencia es inasumible, y hay que esconderla. Por eso, ocultamos el marcador y los deseos, y los reproches. La mala comunicación hace no dejar claras las cosas. La insatisfacción no sale, y no se puede decidir buscar otras sonrisas. Comienza la bola de nieve, que crece, y crece, y crece, hasta que el único modo de volver a sonreír es escaparse a París a ganar la felicidad. Sí la felicidad no está aquí, dentro de Revolutionary Road, estará en otro sitio, porque desde luego, el problema no reside en nosotros: siempre tiramos valores fuera.

Es tan difícil entender, que el valor de la sonrisa requiere de una actitud para apreciar esa sonrisa, y que esa actitud reside en nosotros: en como estamos en un momento determinado, en el que (autónomamente) somos lo bastante felices como para poder mantener una relación. Es difícil comprender que para que una pareja sonría, las dos partes deben sonreír de forma independiente, y que la felicidad no está en París, sino en trabajar en nosotros, y, siempre que podamos, hacer el trabajo en equipo; porque es reconfortante y maravilloso.

Con esto no pretendo hacer apología de las relaciones abiertas, ni contra apología de las relaciones románticas. Creo que hay parejas románticas que realmente funcionan bien, y desde luego parten, como todas, de esa sonrisa. Pero en torno a ella, han construido un jardín, en el que saben sentarse a descansar y otras veces ponerse a cultivar, a hacer chapuzas, cortar el césped, pintar las vallas, poner un bonito gnomo de jardín, o ponerse a corretear con los niños y los perros. Pero no solo hay sonrisas. Hay un trabajo constante en mantener el jardín.

Ese jardín se puede cultivar en cualquier tipo de relación (de hecho, las relaciones de amistad no sexo afectivas también tienen sus jardines). Pero no podemos vivir de lo que fue, no podemos vivir de aquella sonrisa. Cualquier relación construida sobre la maravillosa verdad de un instante feliz nos traerá un sin fin de cadáveres amargos, que marcarán nuestro camino y nuestras andanzas. Lo harán sino trabajamos el jardín.

Creo que, como Frank y April, Rose y Jack eran completamente incapaces de cuidar el jardín. No por la diferencia social, ni por el hundimiento del barco, sino porque al final, sin sonrisas, él no tenía hueco en la puerta. Para recordar que le quería, Rose necesitaba poder mirar su sonrisa, cada vez más azulada por el agua helada. Y así fue como acabaron viviendo en Revolutionary Road: el lugar donde los soñadores sin sueño se enamoran de una vez para siempre; no de las personas ni de su carácter, sino de una ingenua sonrisa.

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