Un cuento-lugar – Zule (poesía)

Hay un cuento-lugar maravilloso donde las almas desangradas reviven, revitalizadas de beber su propia sangre en chupitos de lección aprendida. 

Allá se olvida la ducha fría y amarga del errado pomelo del sufrir por la existencia de la inexistencia. 

Un halo de garnelias y fandangos violetas regocija el pecho, ancho en el vibrar de un canto de Louis Armstrong. 

Por eso es fuerte: porque el brazo se alza en un puño de esperanza y casi de victoria. 

Cuando por un rato vuelve el correr a los futuros mundos posibles y a las distopias imposibles de las utopías necesarias, entonces la cortina se levanta y el planeta, con su humanidad, puede salvarse entero; e incluso yo, que siempre quedo fuera, puedo intentarlo un ratito chico. 

Puedo ser el fantástico deseo de amar, de perdonar, de ser amado y perdonado, de sanar viejas heridas, ya superadas por los pétalos magentas que enladrillan templo a una verdad y a una justicia que por una vez no están en duda. 

Porque tras el desorden de la noche, la misma noche se ordena. El caos se encuentra consigo mismo y se observa, y se limita, y al limitarse se vuelve libre: libre para ser libre. 

Toda la parafernalia nietzscheana cobra sentido en el acto de escribir un suspiro y un lamento, hacerlos una sonrisa, luego una carcajada, y después de nuevo un suspiro, que me deja tumbado como Baloo bajo la palmera. 

Los duendes cuentan entonces una historia, y en su inocente tejer verbal e imberbe reducen todos los problemas a la sencillez de alzar la comisura de los labios y decir: hoy he venido a jugar, y a ganarlo todo, y a perderlo todo, y a no jugar, y a no perder, pero solo por hacerlo todo, y todo y todo. Por mi. Por ti. Por nosotros y por vosotras. Porque si. Por esa pesada historia que exige más caricias y menos latigazos. 

Y como no quiero competir, porque yo solo gano jugando a lamer el dulce cuento de la sal marina, esa decorada con aroma de vainilla y canela, tan secas y profundas como el incienso de un helado templo tibetano; solo te digo por el momento una cosa más: cuando vengas, entorna la puerta y contempla mi velludo cuerpo desnudo sobre las sábanas tibias, como una ojarasca de pino templada sobre el letargo. Dame un beso en la nuca, sonríe, y simplemente, no me despiertes. 

Hoy dejame seguir soñando un rato.

Y tú, ¿que piensas?

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.