Cuarentena Acto 2 – Hakeem

Mitchel trata de secarse lo más que puede y se viste descuidadamente. Medias diferentes, zapatos sin amarrar, pantalón manchado y blusa al revés. Completando su atuendo de quedao. 

Corre a la puerta y le brinda un vistazo a Lorenzo antes de abrirla. Mitchel mira el elevador y decide mejor tomar las escaleras. Todo por ser cauteloso,cancelando la posibilidad de encontrarse con alguien y contagiarse. 

Desde el piso décimo al primero, eran muchos escalones que tenía que bajar a toda velocidad para que el conductor no tuviera que esperar más tiempo. Los números se restaban mientras Mitchel dejaba caer su cuerpo bruscamente, dejando pasos pesados en cada escalón que pisa. Algo que era riesgoso y él lo sabía, pero la adrenalina le formaba una sonrisa que no podía esconder al ser halado por la gravedad.

 Ya solo faltaba un grupo de escalones más cuando los cordones que no amarró en su cuarto por su prisa le recordaron de las decisiones de la vida traen consecuencias con ellas. 

En lo que hubiera sido su penúltimo salto, si todo hubiera salido como Mitchel esperaba… El lado derecho del cuerpo de Mitchel conoció los escalones restantes, uno por uno. 

“¡Ah, puñeta!”, grita Mitchel del dolor inmenso que siente, los moretones que ya estaban a punto de mejorarse se fueron a la mierda. Todo su cuerpo le dolía, hasta el área que no tuvo contacto con el suelo. 

Las lágrimas se le escapaban de los ojos, aunque trataba de retenerlas. Mordía sus labios por el dolor intenso que sentía.Mientras su cuerpo le gritaba que se quedara en el suelo; la mente le argumentaba que se parara.

Tenía que buscar la comida, no solo porque estaba hambriento, no solo porque debía ser un ciudadano responsable; sino porque tenía que darle comida a Lorenzo y no podía dejar a su hijo a solas por mucho tiempo. 

Mitchel sabe que dejar a el nene solo por más de 10 minutos no sería una buena idea. El niño se va a asustar y aunque no se asustara. Realmente él no estaba puesto para escuchar otra cantaleta de Rev de cómo ser un buen papá y de no descuidar al nene.  Como la otra vez cuando el nene por poco se cae en el columpio en casa de Mikeyla.

Mitchel usó la poca fuerza mental que le quedaba para bloquear el dolor que sentía y utilizó sus manos para empujarse del suelo. Cojeando y usando el muro a su derecha, arrastraba sus pies a la salida del edificio. 

Por suerte, Mitchel no tuvo que abrir la puerta porque habían unos empleados de mantenimiento entrando y saliendo constantemente del condominio con una carreta repleta de bolsas negras llenas de basura. 

Mitchel observó la carreta y pensó en las cosas que podían transportarse en ese carrito de manera desapercibida. No había tiempo para distracciones, él lo sabe y continúa cojeando, usando su pie izquierdo como pogo stick ya que era la única manera que podría llegar hasta el conductor con un poco de orgullo. 

“Buenas tardes, aquí está su comida” dice el conductor mientras coge las tres cajas que tenía en la parte posterior de su carro. “Gracias” responde Mitchel un poco confundido sin entender porque de repente el conductor lo está mirando con una cara de aborrecimiento. 

“Mano, baja con la mascarilla la próxima vez, yo quiero proteger a mi familia” comenta el conductor de manera condescendiente mientras sube su ventana y se marchaba de la vista de Mitchel. 

Mitchel estaba avergonzado, tanto que critica a las personas en el internet por no preocuparse lo suficiente del virus. Mitchel era un hipócrita que no era diferente. Salió del apartamento con tanta prisa y, ¿para qué?, para nada. Para tardar más de lo que tenía, no se amarró los cordones y se calló y tampoco se puso la mascarilla, un gesto irresponsable porque no pensó en la seguridad de Lorenzo.

Cojeando y sosteniendo las tres cajas de la pizzería, Mitchel trata de entrar a la torre sin hacer otro desastre. Ya adentro del edificio Mitchel presiona con su codo el botón del ascensor, ya que las escaleras no eran una opción realista en estos momentos. 

Mientras espera que el elevador llegue al primer piso Mitchel trata de usar todas sus fuerzas para no colapsar en el suelo, algo que se le incrementará la dificultad por el paso de cada segundo. Sus receptores biológicos le alertaban de manera constante que tenía que recostarse, que debería tomarse un analgésico, pero el dolor no podía derrotar al macho que su padre crió. 

¡Ping! Suena el elevador anunciando su llegada, lo que más deseaba en estos momentos era que el ascensor estuviese vacío; y lo estaba. Entró presionando el botón que correspondía al número diez. Tan pronto la compuerta del cubo metálico cerró, no le tomó menos de un segundo a Mitchel para darse cuenta del desastre que era. 

Veía su camisa desgarrada por la caída que sufrió hace poco, su mejilla derecha estaba irritada e hinchada, sangre le bajaba por su pierna derecha (probablemente de algún rasguño en sus rodillas que no ha verificado aún) para posarse en sus medias, que dejaban de ser blancas para transformarse a color rosa, y pa’ joder aun sus cordones estaban sueltos. 

No había tiempo para llorar por el caos que traía encima, por eso Mitchel se enfoca en los números rojos que cambiaban por cada piso que era escalado. El dolor era demasiado para seguir ignorándolo, pero Mitchel seguía intentando. Cambiando las cajas de la pizzería de una mano a otra para evitar que se cansaran los brazos era uno de sus métodos de entretenimiento para evitar su fijación al dolor. 

Mitchel cerró sus ojos para dejarse llevar por el elevador a la tierra prometida. Tratando de usar algunos métodos de meditación guiada que su madre le recordaba tanto para olvidarse del dolor. 

¡Ping! 

Suena el elevador y Mitchel, antes de abrir los ojos, suelta el suspiro que llevaba aguantando desde que vio su reflejo. 

Abre sus ojos, pero no había tiempo para celebrar, el número rojo que brillaba sobre su frente era el nueve, un piso antes del suyo. La compuerta se abre y no tomó mucho para que las siluetas de otros individuos se formarán en el campo visual de Mitchel. 

“Ay, este está subiendo, vamos a bajarnos” comentó una de las figuras que se posaba en el hemisferio oeste de Mitchel, un alivio para él. 

Realmente no quería a nadie con él, quería unos segundos para estar a solas. Las siluetas se trasladaron fuera de su campo visual y lo dejaron solo en el elevador. Mientras la puerta se cerraba, Mitchel podía escuchar los murmullos de los individuos que dejó atrás. 

“No tenía mascarilla, como nos íbamos a montar con ese pendejo” Otro recuerdo de su fracaso, otro recuerdo de qué tan irresponsable era como padre, otro recuerdo de que es un desastre. 

Las lágrimas se liberan del atentando de secuestro de los párpados antes que pudiera pensar en aprisionarlas. 

¡Ping! 

Suena el elevador otra vez; al fin llegó al piso 10, pero Mitchel no salió. No tenía fuerza para salir. Se quedó en silencio dentro del elevador mientras la puerta se cerraba otra vez. 

Antes de que el elevador se moviera, Mitchel presiona el botón rotulado open door. Por suerte no tenía que caminar tanto para llegar a su apartamento, pero eso no significaba que quería entrar rápidamente. 

Lo más que deseaba era estar a solas, pero no podía hacerlo, no debía ser más egoísta de lo que ya era. Abriendo la puerta Mitchel ve a Lorenzo en el mismo lugar que lo había dejado, el niño no tiene ni la más mínima idea del dolor y vergüenza que su padre había acabado de experimentar, pero esa no es su responsabilidad. 

Aun así, Mitchel lamenta que nadie le ha preguntado cómo está. Mitchel se siente desechable, siente que su vida no le importa ni a su hijo y que él pudo haber muerto en aquellas escaleras y aun así su hijo está aún estancado frente a un rectángulo que lo hipnotiza. 

Mitchel sabe que está siendo dramático y por eso no dice nada. Se limpia las lágrimas que tiene en su rostro y le sirve la comida a Lorenzo. 

El niño no reaccionó al plato de comida que estaba frente a él, solo el televisor tenía derecho a su atención. Mitchel pensó en apagar el televisor, obligarlo a comer o hacer algún comentario sarcástico dirigido a la indiferencia de su hijo, pero se restringió. 

No tenía la energía para poner el acto del padre estricto, no tenía la energía para tener una discusión insignificante con su hijo y lidiar con sus quejas y llantos y mucho menos tenía la energía para tener que consolar a su hijo después de que lo regañara porque él necesitaba que lo consolaran y lo ayudarán a curar sus heridas.

Mitchel volvió a la cocina, abrió la alacena y cogió la botella de vodka. Mitchel se queda mirándola unos segundos, contemplando si debería o no, pero Mitchel es débil, y el dolor lo estaba consumiendo; sucumbió a beber directo de la botella para silenciar el dolor. 

Mitchel se tambalea mientras se traslada al baño nuevamente, se mete en la ducha sin quitarse la ropa y abre la llave que comienza el flujo de agua que le limpia la cara. Mitchel mirando el suelo se fija como el agua, la mugre y la sangre se volvían homogéneas bajo sus pies. 

Se comienza a desvestir, su ropa estaba entripada con la cantidad de agua que ya habían recibido, pero a Mitchel no le importaba. Se preocupa por limpiar sus heridas, algo que resultó extremadamente difícil, porque tan pronto sus manos entraban en contacto con ellas el sufrimiento reiniciaba. 

Antes, Mitchel sufría porque no podía sentir, pero ahora sufre porque siente demasiado. El baño que Mitchel estaba tomando era más simbólico que práctico. Mitchel estaba tratando de limpiar algo que no era físico;, tal vez en alguna ducha metafísica podría despojarse del sucio que se le incrusta en la piel a diario, pero él muy bien sabe que este baño que se está dando no lo ayudará a sentirse mejor. 

Mitchel se quita la ropa y la deja en la bañera, cierra la pluma y toma la toalla que estaba colgada justo al lado. Se seca descuidadamente, sin enfocarse en los detalles, y sale del  baño desnudo dejando marcas de aguas en el piso con sus pies y unas cuantas gotas que se deslizan de su cabeza al suelo. Sin vestirse, sale del tocador al cuarto y del cuarto a la sala, sin importar que pudiera producir un trauma para su hijo que cargaría el resto de su vida. 

Mitchel observa la sala y ve como Lorenzo se quedó dormido en la alfombra y era sucumbido por las luces que provenían del televisor. Mitchel quiere ayudarlo y cargarlo a la cama, pero no puede. No tenía la fuerza ni la voluntad para hacerlo. 

Camina a la cocina donde abre el congelador para sacar una bolsa de hielo que pondrá en su cuerpo tan pronto se pueda sentar. El reloj digital que se encontraba en la estufa indicaba que eran las 19:30, usualmente era la hora en la que Rev lo llamaba, pero no ha recibido ninguna llamada aun y eso le daba un alivio a Mitchel que nunca admitiría en voz alta. 

Ya no había porque mesurar el alcohol, en su mano derecha llevaba la bolsa de hielo y en su izquierda lo que restaba de la botella de vodka que llevaba drenando desde las nueve de la mañana. 

Mitchel apaga las luces de la casa y se sienta en el sofá dejando que las luces del televisor lo iluminen en la oscuridad mientras bebe el alcohol directo de la botella. Tal vez horita se levanta y carga a Lorenzo a la cama; tal vez horita, cuando se sienta mejor, se dice en su mente.

Él está furioso porque el día no ha sido cariñoso con él, está furioso porque le duele el cuerpo y está furioso porque no puede hacer nada al respecto. Mitchel se siente atrapado no solo en su apartamento, no solo en esta situación de la pandemia, sino que también se siente atrapado dentro de su mente. 

Mitchel nunca podrá entender como todo puede aparentar estar bien, su hijo duerme como un ángel, tiene un techo, no le falta comida, no tiene deudas que lo agobien y aun así siente como el mundo se derrumba a su alrededor. 

30 minutos han pasado desde la última vez que Mitchel miró el reloj, pero ha sido una eternidad para él. Ya se le acabó la botella y los créditos de la película que estaba puesto en el televisor se trasladaban en la pantalla indicando el fin de esta. 

El vacío en el que Mitchel se encontraba fue interrumpido por el sonar de las llaves que venía de la puerta del apartamento.  “¿Mitchel?” sonaba una voz que salía de la oscuridad.

Y tú, ¿que piensas?

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