Élite – Cariño, yo contigo no follo

El mamón de las bicicletas

Ander: ¿Te puedo hacer una pregunta?

Omar: Si es sobre la otra noche, mejor que no. Tío, estaba pedo, y quería probar. Pero por probar. A mí los tíos…pues…no me van.

Ander: Excusatio non petitaaccusatio manifesta

Omar: ¿Qué?

Ander: Que me querías comer la polla

En esta nueva entrega volvemos a detenernos sobre series de moda, referentes actuales, para mostrar una de las máximas de la revista: que se puede un análisis crítico de aquellas cosas que nos rodean en nuestro día a día, para aprender a pensar con claridad y seguir avanzando hacia delante, sin caer en prejuicios fáciles ni repitiendo lo que dicen otros, pues pensar y discurrir si no se hacen de forma libre pierden toda su fuerza. En entregas anteriores hemos arrojado un poco de luz sobre el gesto revolucionario de La casa de Papel y hemos algunas de las claves históricas en las que se apoya Juego de tronos. Ahora le toca el turno a Élite y su construcción de la realidad. 


Para alguien que no la haya visto, rara avis en verdad, Élite toma como protagonistas a un grupo de adolescentes, en su mayoría de 16 años (uno de ellos tiene incluso 17), lo cuales se ven envueltos en asesinatos, secuestros, y mucha violencia por medio. Thriller puro. Thriller al cual se suman las pasiones, amores y rupturas de un grupo de adolescentes que exploran su mundo emocional y personal.  Así, mucha tensión y algún toque de instituto pijo. Aunque parece casi que el instituto realmente es la excusa, la tarima sobre la que dar lugar a una maravillosa puesta en escena.

Para alguien con más bagaje experiencial (fruto del hecho de vivir per se), Élite solo representa una exageración artística, una hipérbole culebronera para adolescentes que dramatiza y condensa lo que podríamos llamar “una vida intensita” para futuros intensitos. Élite nos habla de una realidad diferente a la diaria, otra realidad distinta, pero más épica, casi publicitaria, en la que no hay lugar para emociones tibias ni para vidas mediocres. Élite nos habla de la hiperrealidad, y nos fuerza a habitarla. 

Por el contrario, para alguien sin referentes experienciales, como un adolescente o un púber, Élite no es solo una serie, sino el símbolo de algo más pues supone una perfecta y coherente ejemplificación de lo que se puede llegar a hacer por amor o por envidia: desde encubrir un asesinato hasta secuestrar a una persona para darle una paliza a esta, pasando por hacerse camello (“mensajero” lo llaman), y ocultando nuestra xeropositividad al follamigo de turno. No diré yo que la vida no es intensa y sorprendente, no permitiré que el lector me cargue ese muerto, pero aceptar que todo eso puede pasar en un instituto a un grupo de niños de 16 años es cuanto menos exagerado por no decir forzado o inverosímil. Y no, no es sorprendente porque no pueda suceder, ya que quizás hasta sea posible como primer paso hacia la plena madurez. 

Digo que es inverosímil porque los propios implicados hacen gala de una capacidad de pensamiento y una inteligencia para reaccionar a estos eventos que a uno mismo le dejan sorprendido: desde la niña de 16 años que es un cubo de semen utilizada por su padre como soborno sexual, mafioso este de cuello blanco, la cual se tira a casi todos los compañeros de su clase (amigas, gays e inmigrantes se libran, por suerte, que aunque somos modernos seguimos tirando de imaginario heteronormativo); la figura del buenazo que se va macarrizando según avanza la serie, para poder vengarse de forma violenta (aprende boxeo gracias a la kinki de su clase, choni-trapera ella, porque siempre se puede recurrir a estereotipos con muchas kas); o que los implicados en una serie de asesinatos que son perfectamente conscientes de como despistar a la policía encubriéndose unos a otros y además siendo capaces de eliminar las armas homicidas o cualquier otra prueba vinculante (en este universo paralelo la Policía decide no buscar huellas dactilares, no se sabe muy bien porqué). Y todo esto no lo entiendo. Pero vamos a ver, ¡Si con esa edad yo iba empanao y estaba a por uvas! Pobre tonto. Me pasa a mí todo esto y la jodo a la primera.

Élite, por otra parte, nos enseña que los pijos son de raza, superficiales y orgullosos como ninguno. También que los macarras vienen de barrio pobre siempre, y que el malote guaperas de corazón herido habla con voz trágica y lleva siempre abierta la camisa. Los gays siempre juegan a esconderse, y las minorías no europeizadas vienen de familias fundamentalistas a nivel religioso. Siempre. Porque, según Élite, no se puede ser un padre orgulloso de su hijo gay, una no europea no puede asimilar su nueva realidad, o un pobre de barrio humilde no puede ser superficial y enemistarse con un pijo tolerante. ¿O quizás sí?

Aquí rompo una lanza y admito mis trampas, pues parte del ataque lo evidencia la propia serie hacia el final de la 2ª temporada, y durante la 3ª temporada. Así, Élite hace un ejercicio de revisar sus propias mentiras: el pijo soberbio resulta ser leal y justo, aunque violento; el objeto sexual utilizado por su padre como arma, alias mujer cosificada y sexualizada, parece tener principios; y uno de los cómplices del asesinato se ve sobrepasado por el miedo y por la culpa. Vemos que tras la máscara hay algo más, otra cosa. Lo cual no evita que Élite no deje de cargar con el lastre de exageraciones que porta desde el principio de su viaje. Antes mencioné la hiperrealidad, cómo Élite nos educa en ella y como nosotros, casi como generación al completo, debemos mutar en perfectos forenses-policías, descartando en todo la posible escoria y conservando lo que sí que vale de nuestra realidad online/offline. A cambio, esta hiperrealidad tiene un precio.

Es obvio que somos una generación brutalmente atravesada por la dimensión online de nuestra existencia, y ya no tiene sentido ni menospreciar ninguna de las redes sociales ni mirar con desconfianza las nuevas formas de banca online. Es un aspecto más de nuestra vida, como para otras generaciones lo fue la televisión o la radio. Este desprecio sólo puede ser un gruñido de viejo, al estilo de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, y mientras nos quedamos ciegos mirando hacia atrás, la vida sigue hacia adelante poniendo en nuestra mano las opciones por si queremos vivirla al clamor de los nuevos tiempos o seguir quejándonos. Es así, y nuestra generación sabe que está en una encrucijada, en un lugar incómodo en el que tiene que conciliar su vida offline con su vida online, sin que una dimensión parasite a la otra o sin que la primera borre a la segunda. Y aquí es donde aparece el problema del que adolece Élite. 

Según esta, las relaciones sexuales son siempre explosivas y ardientes: se devora al otro mientras se le come la cara literalmente, o se folla en un éxtasis eterno sin sudores ni tirones. Los malotes guapos siempre llevan el mentón un paco bajo y miran hacia arriba, o son un macarra drogao que prioriza a sus viejos colegas del barrio. El barrio no te olvida bro, como tampoco nosotros olvidamos a unos padres que pasan de sus hijos y estos, adolescentes que piden a gritos en cada instante de la serie poder ser libres y vivir su vida como ellos quieren y creen que esta debe ser vivida. Así, los besos de amor romántico son siempre en contraluz contra un fondo desenfocado, y es tan fácil como chascar los dedos para que una nueva pareja se lie dentro del grupo de compañeros en la misma clase. Animo al lector a que haga un diagrama con todas las relaciones que se dan entre los diferentes protagonistas y que luego la ojee de forma franca y en perspectiva. ¿Cualquier parecido con la realidad? Exacto. Ninguno. Llegamos así a una de las consecuencias de la hiperrealidad en Élite: lo mediocre de la vida del espectador medio.

Nuestra realidad, la nuestra, la de verdad,  se vuelve un poquito más cutre, más gris al ver esta serie. Viajamos por la realidad buscando encontrar la postal que nos han descrito tantas veces, para poder llegar a hacernos la foto y entonces confirmar la expectativa que tantas veces nos han contado. Pero ¿Y si no es así?

Tras ver Élite, nos esperamos vivir relaciones de amor intensas, amores contracorriente, una lucha incansable contra la realidad que dé sentido y grandeza a nuestras vidas, y sin embargo nos encontramos estudiando como idiotas las recuperaciones de junio para no jodernos el verano y salvar así nuestras posibles vacaciones. Luego en redes babearemos detrás de la diva de turno, intentando ser ese carismático chulo gracioso o ese macarrilla trasnochado de pose trágica para, con suerte, llegar a metalero con la cresta mal hecha, o a ir por la calle con el altavoz a todo trapo dando por culo a los vecinos. Venimos de estar codo con codo con la publicidad, sufrimos día tras día las carencias educativas que suple la pornografía, y es por eso que estamos acostumbrados a esta mediocrización al percibir nuestra realidad. En este sentido, Élite no supone una herida nueva pero ello no hace que como tal deje de sangrar.

Unos párrafos atrás he admitido que la vida si que puede dar lugar a estos accidentes, y aquí debo ser honesto con el lector: yo mismo he pasado por la muerte de un amigo cuando ambos no llegábamos a los 15, y he sufrido el suicidio de otro antes de los 25; estuve a punto de morir asfixiado atragantado, y otro día tuve un accidente contra un coche, accidente del cual por muy poco me salvé.  Casi ni vuelvo. También he visto a amigos importantes para mí lidiando con sus adicciones lesivas, o como el alcoholismo convertía a un pobre diablo en un monstruo. Y más aún: mi padre está en la cárcel, yo mismo he estado inmerso en una relación tóxica de dependencia emocional hundiéndome cada día más durante muchos años, y el matrimonio de mis padres es una estafa apoyada en la costumbre y las facturas. Y aún no he cumplido los 30. La vida puede ser muy intensa a veces. Doy fe. A veces, demasiado.

Muchas de estas circunstancias pueden no ser algo nuevo para alguno de los lectores, y ese pensamiento pasajero, ese “bah, yo también he sufrido eso y aquí me tienes, si no me dices nada nuevo…”, remite directamente a esa mediocrización de nuestra propia realidad y de la que antes hablaba, ahora vista desde unos ojos que infravaloran lo dañino y propio del dolor, normalizan este  y casi parece que se les oye de fondo pidiendo emociones más fuertes. Porque al final Élite habla de eso, de emociones intensas, de lo aburrido de nuestras vida y los “y si…” que podrían darle sabor a un rutina diaria que mezcla esclavitud laboral con desidia social. 

¿Y qué conclusión saco yo tras tantas experiencias vitales? Pues es complejo, ya que las cicatrices son divertidas cuando se usan solo para presumir, casi como galones militares, pero cuando te ves dentro de estas experiencias particulares, cuando ves cómo te ahoga una realidad lesiva y notas como te falta el aire a nivel mental-emocional, entonces ya no son tan divertidas y entonces quizás la vida es demasiado intensa. Cuando perdemos los pilares, y de repente cae uno de los ejes o puntos de referencia en torno a los cuales pivota nuestra vida, entonces se nota el nudo en la garganta, el miedo y el daño sufrido. Particularmente, un día perdí a una persona muy importante en mi vida y durante años parte de mi estuvo muerta, viviendo por vivir, o al menos durante un tiempo así lo he creído. No quiero imaginar el dolor de perder a una persona-eje, ejemplificado en la serie a través de la figura del hermano. Yo, al menos, ya he tenido bastante dolor a nivel personal. 

Por otra parte, tampoco olvidemos en ningún momento que vemos Élite desde el portátil o desde el salón, y si la serie nos satura o nos cansa siempre podemos darle al botón de pausa, y echarnos un cigarro para relajarnos. Con la metástasis de un familiar esto no podemos hacerlo, y entonces junto a lo intenso de la experiencia, junto a ese guau vivencial también aparecen los ¿y por qué?, los debí y alguna herida emocional que después hay que desanudar hablando a solas con uno mismo o junto a la ayuda de un psicólogo. 

¿Acaso la katarsis de Élite, esa enseñanza o aprendizaje que podemos recibir viendo y viviendo a través de otros, nos muestra cómo lidiar con todos estás situaciones difíciles o al menos nos da un conocimiento experiencial nuevo y mejores herramientas para poder enfrentarlas a futuro? Es ingenuo pensar que si, salvo que creamos que huir a Marruecos es la solución a un problema judicial;  que estafar a un grupo de personas, ricas todas ellas, está siempre y en todos los casos justificado; que si alguien te molesta una solución rápida es atropellarlo; o que si no eres lo que los demás quieren siempre pueden drogarte para serlo, y vivir por ellos.

Yo, a cambio, hago otra apuesta distinta: queremos vidas intensas, emociones fuertes, queremos que vivir sea un punto y aparte, que se condense en un absoluto una vivencia tan intensa que casi podamos drogarnos y perder la consciencia embriagados con ese éxtasis líquido puro, fruto de vivir sin guardar cartuchos ni dudas en la manga, pero en cambio no estamos dispuestos a perder todo lo que somos, a perder quienes somos y a quienes queremos, a vernos derrotados y derribados cien veces para tener que levantarnos después. Tenemos miedo de vernos en la UVI contando puntos y brechas, tememos tener que dar la mano a un familiar nuestro mientras lo sedan en silencio, y mucho menos queremos reconocer nuestra responsabilidad en los errores que han dañado y dañan a quienes queremos. Así, parece que queremos intensidad sin hacer esfuerzos, queremos vivir mil vidas sin levantarnos del sofá, queremos, a fin de cuentas, ver (y creer) que una existencia aparentemente vacía merece la pena y tiene sentido. Al menos así lo creo yo.

Ahora, con el paso de los años a uno el cuerpo ya le pide algo menos de fuego pero si un poquito más de tranquilidad. Y pensándolo, subyace la idea de que queremos una vida distinta, ni increíble ni especial, sino simplemente una que merezca la pena: una vida  con la que un día podamos mirarnos cara a cara, juzgándonos, siendo nosotros mismos el fiscal más duro de todos, pudiendo decir entonces: “viví como quise, como he creído que debía hacerlo, creando una historia que merecerá la pena ser sentida, vivida y contada”. ¿Estamos dispuestos a vivirla? El primer paso consiste en dejar de ser consumidores de ocio pasivo, que ahogan sus deseos y ansias vitales con golosinas manufacturadas y mercantilizadas en base a experiencias casi reales. Nadie va a luchar nuestra vida. La realidad dista mucho de la ficción, y jamás nadie podrá hacer mejor guion del que nosotros escribamos viviendo nuestra vida: con intensidad y esperanza; con derrotas y heridas; resistiendo, cayéndonos y avanzando. Dicho en corto: viviendo con todas sus consecuencias. Y es que resulta que Élite es sólo una serie para adolescente, pero vivir, vivir es algo más.

Y tú, ¿que piensas?

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