Ventana al futuro- Javier Felipe

Se suele decir que los seres humanos somos malos prediciendo el futuro, pese a que lo intentamos continuamente. No puedo estar más de acuerdo. El mundo es demasiado complejo e incierto como para poder saber a ciencia cierta qué dirección tomaremos en los próximos años, o décadas si miramos aún más lejos. No deja de ser curioso ver cómo se imaginaban el mundo en 2015 en «Regreso al Futuro», una película estrenada en 1985. Y no, aún no tenemos autopistas de coches voladores por encima de nuestras ciudades (y menos mal).

No sólo somos imprecisos prediciendo qué pasará en el futuro, sino que nos cuesta entender qué es lo que sucede actualmente en el mundo. No es de extrañar que las teorías conspiranoicas, las «fake news» y ciertos mensajes populistas calen con tanta facilidad, teniendo en cuenta que los algoritmos de las redes sociales están optimizados para que el usuario pase el máximo tiempo posible en la plataforma. Y, al parecer, este tipo de contenidos enganchan mucho.

Por todo esto, me parece complicado visualizar qué sucederá en nuestro planeta (¿deberíamos incluir Marte?) en los próximos años. Realmente complicado, de hecho. ¿Alguien se imaginaba en 2012 que plataformas como Instagram se iban a convertir en lo que se han convertido, o que un personaje con dinero como Donald Trump llegaría a ser presidente de la primera potencia mundial?

Pero creo que, en base a la observación del presente y el análisis de lo sucedido en los últimos años, si es posible tener una idea de a qué desafíos nos enfrentaremos, y sobre todo, qué cuestiones y problemas actuales hemos de resolver.

La pandemia que estamos viviendo, pese a ser un suceso relativamente cíclico en nuestra historia, ha sacudido de arriba a abajo la sociedad, de una forma que posiblemente no tenía lugar desde la II Guerra Mundial, cuando todo era bastante diferente a la actualidad. Los desarrollos tecnológicos y científicos de los últimos años no han evitado que hayamos tenido que pasar varias semanas encerrados en casa, que muchas personas hayan fallecido o perdido a seres queridos, y que la economía de la gran mayoría de los países se haya visto duramente afectada.

Dejaré para otro día el debate sobre si la situación se podría haber gestionado de otra manera, y así haber evitado muchos de estos daños. Tampoco me atrevo a afirmar si la aparición de pandemias como esta es algo inevitable o no, o si se repetirá en unos años. Pero los científicos nos llevan avisando desde hace tiempo de los peligros de seguir consumiendo y desarrollándonos de forma no sostenible, degradando la biodiversidad y aumentando la probabilidad de sucesos impredecibles y dañinos para todos. Uno de estos peligros es el surgimiento de zoonosis como la que, al parecer, dio origen a la pandemia actual.

Aunque la crisis climática y medioambiental es una de las cuestiones más importantes a solucionar, no es la única. En mi opinión, nos enfrentamos a un cambio radical en la forma en la que trabajamos, que no ha hecho sino acelerarse debido a la situación de pandemia. Este cambio está basado en dos cuestiones: el trabajo remoto o distribuido (conocido comúnmente como teletrabajo), y el rápido desarrollo de la inteligencia artificial, que ya se emplea en muchas empresas y organizaciones para completar tareas que antes llevaba a cabo una persona.

Creo que esta revolución, que en parte ya había comenzado antes de la pandemia, no es necesariamente algo negativo. Es más, puede verse como algo tremendamente positivo para la sociedad. Idealmente, gente que ahora realiza tareas tediosas, aburridas y en ocasiones dañinas para la salud, podría dedicarse a cuestiones más gratificantes y creativas. Además, ahorrándose mucho tiempo diario de viaje a una oficina, pasando más tiempo con sus seres queridos, y contribuyendo a la sostenibilidad (menos desplazamientos, menos atascos y menos contaminación).

No obstante, esto podría desarrollarse de forma inadecuada, y desembocar en una situación de alto desempleo debido a la automatización de muchos puestos de trabajo, con el consiguiente empobrecimiento y precarización de una gran parte de la sociedad. Si nos ponemos en el peor de los casos, podemos acabar con crisis sociales como la que desembocó en un genocidio, una guerra mundial y el uso de dos bombas atómicas hace 80 años.

Ante este escenario, surgen nuevas iniciativas y paradigmas como el del ingreso básico universal, que prometen dar solución, en parte, a esta nueva realidad. Sin embargo, los «think tanks» y fundaciones que reflexionan sobre estas cuestiones quizás sean insuficientes (y poco ágiles). La realidad es que muchas de las personas que han perdido su empleo, o se han visto obligadas a cerrar su pequeño negocio, no lo recuperarán cuando acabe la crisis sanitaria actual. Al menos, no podrán desarrollarlo de la misma forma.

Una reflexión adicional merece la situación de la juventud. Nuestro país es un gran ejemplo de las dificultades de una generación que, tras varios años de estudios superiores, aprendizaje de idiomas y habitualmente algún trabajo precario, es incapaz de encontrar acomodo en el mercado laboral y conseguir cierta estabilidad vital. Esta situación es especialmente dura en España, donde numerosos jóvenes cualificados salen al extranjero año tras año en busca de mejores condiciones laborales, y muchos de los que se quedan sufren horrores para encontrar un empleo digno.

Tampoco se ha de obviar la dura situación y sufrimiento de muchos seres humanos fuera de nuestra burbuja occidental. En estos tiempos en los que el coronavirus ha cambiado totalmente nuestras vidas, no hay más que pararse a mirar las cifras de la malaria, una enfermedad inexistente en nuestro país, pero que en el año 2019 golpeó con 229 millones de casos y 409.000 muertes a numerosos países en desarrollo. El 67% de estas muertes fueron de niños menores de 5 años. Una parte considerable de la población mundial sigue sufriendo pobreza y guerras en su día a día, y la discriminación hacia determinados colectivos es mucho más acuciante fuera de Europa y Norteamérica (en muchos países, ser LGTBI sigue siendo motivo de encarcelación y hasta de pena de muerte).

Teniendo todo esto en cuenta, ¿qué pinta tiene el futuro al que nos enfrentamos? Me permitiré un poco de optimismo prudente. Pese al repunte durante este año de pandemia, los suicidios a nivel mundial se han reducido en un tercio en los últimos 30 años. Mientras que el porcentaje de la población mundial en condiciones de pobreza extrema (ingresos menores a 2 dólares al día) era del 40% en 1980, hoy es del 10% . Y esa juventud tan criticada a menudo (generación de cristal, nos llaman algunos desde su sillón), ha sido la protagonista en movimientos como «Fridays For Future» o «Black Lives Matter» y es más sensible ante la diversidad (en todos sus ámbitos) que las generaciones anteriores. Como dato curioso, también bebe menos alcohol.

¿Veremos una mejor versión del mundo en las próximas décadas, o seremos incapaces de dar solución a los problemas que tenemos como sociedad? Sólo el tiempo lo dirá. Pero, si alguien es capaz, y también responsable, de cambiar las cosas para bien, es la tan denostada, juzgada y golpeada juventud.

Y tú, ¿que piensas?

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